Más de tres décadas de decepciones y malas campañas tuvieron que atravesar los hinchas del “expreso rojo” para ver a su equipo campeón
El día en que iba a ver por primera vez a Santa fe campeón, empezó como cualquier miércoles. Mis obligaciones académicas de ese día, me indicaban que tenía que estar en la universidad a las 7 de la mañana. Así que me levanté a eso de las 5.
La ansiedad de ver a mi equipo dar una vuelta olímpica después de 34 años, hizo de ese miércoles, algo distinto. Mi mente, mi corazón, estaban en un ángulo diametralmente opuesto a mi cuerpo.
Mientas se me impartían las indicaciones de lo que sería mi tesis de grado, mi mente se ubicaba en el estadio Nemesio Camacho “El Campin”, en mi cabeza lo único que tenía cabida era la formación de Santa fe. Me hacia muchas preguntas de orden táctico que solamente hasta las 10:26 de la noche de ese miércoles 18 de noviembre tendrían respuesta.
Los minutos pasaban lentamente, las horas parecían más largas y la noche parecía que nunca iba a llegar. Eran las 4: 00 de la tarde cuando por fin terminaba mis labores académicas. Al llegar a mi casa, rápidamente, comencé con mi “ritual futbolero”. No suelo ir mucho al estadio, pero cuando lo hago, sigo siempre los mismos pasos que hasta ahora me han dado resultado. Soy muy Agorero.
Mi atuendo lo componía un Buso blanco debajo de la camiseta y chaqueta de Santa fe, medias tobilleras blancas, un bluejean desgastado y con muchos rotos, debido a los muchos años de trajín, y por ultimo pero más importante, una bandera roja y blanca que iba amarrada a mi cintura, dando la sensación de faldón.
Con la respectiva bendición de mi Mamá, que se preocupaba más porque no me fuera a pasar nada en el estadio, que el resultado en sí, cogí camino al “coloso de la 57”.
Con tres horas de anticipación, ya las tribunas estaban abarrotadas de gente, de santafereños que tenían la ilusión de ver ganar algo al “expreso rojo”. En las tribunas se mezclaban personajes de todas las edades, unidos por una sola pasión: Santa fe.
Ya ubicado en la localidad occidental preferencial, los minutos previos al inicio del partido transcurrieron de forma rápida, ya que los “vecinos” de silla estuvieron siempre dispuestos a entablar una conversación.
Como por ejemplo Don Germán, un señor de aproximadamente 57 años, cabello blanco, barriga de “cervecero”, piernas cortas y brazos gordos, vestía una camiseta vetusta, y según el “con esta camiseta vi campeón a Santa fe por última vez en 1975 y hoy se que no me va a fallar” afirmó el simpático hincha cardenal.
Los cánticos de la Guardia Albiroja Sur no se hicieron esperar, llegaban a mis oídos melodías que hacían que mi piel se erizara: -Vamo, vamo, Santa fe, porque vinimo a alentar, para ser campeones, hoy hay que ganar-, o como por ejemplo –poropopo, poropopo, el que no salte, no es del león-
La fiesta que organizó la Corporación Deportiva Santa fe, en la previa del partido, fue única, inolvidable e histórica, como un presagio de lo que al final sería la noche. Pólvora a las afueras del estadio, humo rojo y blanco, millones de pedazos de papel picado, metros y metros de papel en rollo, y la bandera más grande del mundo, en la mitad decía “La fuerza de un pueblo”. También se le hizo un homenaje a Ramiro Viáfara, técnico de la selección Colombia sub-17 que logró un merecido cuarto lugar en la copa mundo de Nigeria. Viáfara fue jugador emblemático de las toldas rojas.
A las 8:16 de la despejada noche bogotana, el juez Francisco Peñuela del colegio de árbitros de las Fuerzas Armadas, dio el pitazo inicial de la gran final que, de entrada la iba ganando el Deportivo Pasto gracias a un polémico penal a falta de 2 minutos que ejecutó el argentino, al servicio del cuadro nariñense, Germán Centurión en el encuentro de ida.
Del partido como tal no hay mucho desde la parte técnica que decir, ya que este fue un partido digno de una final, más disputado y luchado que jugado. Ningún equipo quería arriesgar nada. El balón, en un 90 por ciento estuvo en la mitad de la cancha.
El libreto planteado por los estrategas, Germán “Basílico” Gonzales y Jorge Luis Bernal, fueron entendidos completamente por sus dirigidos; Un pasto que con la ventaja del primer partido venía a manejar el resultado con su doble línea de cuatro. Y un Santa fe que estaba con la necesidad de dar vuelta al resultado, manejaba los ritmos del partido con su toque “romántico” que emborrachó a su oponente para luego liquidarlo.
El “dulce se puso a mordiscos” cuando el Pasto a través de James Castro se puso en ventaja 1-0. En el global ya se ponía a dos goles de su rival de turno. Las 40.000 almas que llenamos “El Campin” nos quedamos impávidas al ver que posiblemente nuestro anhelo de título sería frustrado.
Don Germán y yo comentábamos esporádicamente las jugadas más vibrantes del partido. Con una memoria intacta y unos recuerdos que se plasmaban en su camiseta de Santa fe sin patrocinio me decía: “me acuerdo como si fuera ayer cuando Pandolfi, Sarnari y Alfonso Cañón, “gambeteaban” y hacían “firuletes” en este mismo estadio, es más me acuerdo que todo eso pasó cuando la televisión aun era en blanco y negro”
Un hincha más joven, tenía aproximadamente 18 años, lanzó al aire una pregunta que aun da vueltas en mi cabeza: “Que es más fácil, ¿ver un partido de Santa fe o tener un hijo?” Yo creo que aun siendo mujer la respuesta es muy difícil.
El característico sufrimiento de nosotros, los hinchas, solo cesó un poco cuando el recién ingresado a la cancha Omar Pérez, nos devolvió el alma al cuerpo, anotando el gol del empate con un zendo derechazo al palo del arquero, Julián Mesa.
La inyección de ánimo que le aportó al equipó el gol del nacido en Mendoza, (Argentina) Pérez, fue determinante para lo que sería el desenlace de esta crónica de sufrimiento y mucha, pero mucha pasión.
Mi Mamá siempre me dice que Dios es justo y le da a cada quien lo que se merece. Hoy lo sentí en carne propia. A falta de tres minutos del tiempo regular y el marcador 1-1 (daba como campeón el Pasto), el árbitro, sanciona un penal que de cada 1000 que se cometen, solo se pita uno.
El que es caballero repite y el autor del primer gol “cardenal” pone el partido 2-1, resultado que empataba la serie. Ahora la angustia se hacía más evidente cuando según el reglamento de la Dimayor (división mayor del futbol colombiano), tras la paridad, la definición del campeonato se llevaría a cabo desde los disparos del punto penal.
Y que hablar de la tanda de penales… El corazón de todos los hinchas cardenales llegó al límite, incluso hubo varios desmayados que tuvieron que ser atendidos por la Defensa Civil. Lo que se estaba viviendo era único, era grande, era inolvidable.
Después de180 minutos de fútbol y 16 penales pude ver a mi equipo campeón. Aunque muchos allegados al futbol quieran demeritar la Copa Colombia, lo cierto es que después de 34 años de tanta espera, de tantas burlas, de tantos chistes malintencionados, puedo decir con conocimiento de causa, ¡ya vi a mi equipo campeón!
Lo único que me queda es darle las gracias a Dios que hizo posible todo esto y sobretodo a los “feroces” jugadores que se batieron en la cancha, como quien lucha por sobrevivir. Ellos, hicieron posible que mi piel se erizara, los mismos que hicieron brotar una lágrima desde lo más profundo de mi alma: Agustín Julio, Omar Pérez, “chileno”, entre otros. Se quedarán por siempre en mi memoria.
Hoy también, le doy las gracias a mi Papá, quien fue el que me infundió en amor por este equipo, el que me enseñó que cuando las cosas se buscan con tanta entrega, sacrificio y amor, no importa el tiempo ni el sufrimiento, todo se logra. Con lagrimas en mis ojos y con la poca voz que me quedaba, pude gritar por primera vez en mi vida ¡Santa fe campeón hijueputa!
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